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Published on December 30th, 2014 | by Miriam Colon

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Una señal que no se podía ignorar

Soy la hija de una pareja de puertorriqueños criados como católicos y muy aferrados a su cultura. Nunca fui bautizada, sin embargo asistí a la escuela de catecismo los domingos en la iglesia, donde inicialmente comencé a cuestionar mi fe. A las monjas, que eran mis maestras, no les agradaban mis interrupciones frecuentes para hacer preguntas como: Si el primer mandamiento dice, “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás” entonces, ¿Por qué le rezamos a Jesús y a las estatuas?” Y “si Dios es Omnisciente, ¿por qué hay que confesarse?” De acuerdo a ellas, yo era una niña problemática y de poca fe.

A los ocho años, mi madre me dio la alternativa de escoger si quería o no asistir a las clases cuando se dio cuenta que no creía en las enseñanzas católicas. Recuerdo el último domingo en el estacionamiento del colegio cuando mi madre me miró y me preguntó, “¿Estás bien? ¿Qué te sucede”? Le respondí llorando, “Mami, no quiero ir a la clase, no me gusta. Cuando no entiendo algo y alzo la mano para hacer una pregunta, me ignoran.” Mi mamá me limpio las lágrimas y me dijo, “Está bien mamita, si no quieres ir no tienes que hacerlo. ¡Vamos a la heladería y compartimos un banana split!”

Algún tiempo pasó y mi mamá me propuso que visitara a una iglesia pentecostal que mi tía frecuentaba. Nunca olvidare mi primera visita. Tenían una orquesta en la tarima tocando música mientras el pastor predicaba. El sermón fue sobre la lucha contra la tentación y vistiéndose modestamente. Durante el sermón, recuerdo escuchar como gritaban “en el nombre de Jesús” y “Señor Jesucristo” mientras lo glorificaban. Las cosas cambiaron cuando los miembros de la iglesia comenzaron a gritar, bailar, brincar, girar, y finalmente a hablar en otro idioma. A eso lo llaman “capturar el Espíritu Santo”. Dicen que ese idioma desconocido es el espíritu santo hablando a través de la persona, o “hablando en lenguas”.

Mi reacción inicial fue reír, pero después me dio miedo, y quise irme. En camino a casa le pregunte a mi tía cómo había aprendido otro idioma, pero ella me explicó que cuando el espíritu entraba a su cuerpo, hablaba por su cuenta y ella no podía recordar sus propias acciones. Aunque mi experiencia fue incomoda, en nuestra búsqueda para la verdad, mi madre y yo regresábamos de vez en cuando ahí, pero nunca nos hicimos miembros de esa iglesia. Yo continúe viviendo mi vida sin una fe segura; simplemente creía en Dios, sabiendo muy poco de Él, y constantemente cuestionaba mi propósito.

Años después mientras estaba en la escuela secundaria, mi hermano se casó con una mujer cristiana y se hizo ministro de una iglesia. Yo les visité en varias ocasiones, pero en este punto de mi vida, no estaba de acuerdo con lo que llamaban la Sagrada Trinidad. Discutí con mi hermano cuando me dijo que nuestro Dios es un “Dios celoso”. Yo le dije, “¿Si Dios es un Dios celoso, entonces por qué le rezas a Jesús?” El respondió, “Mira, es así, Dios es tres en uno: El Padre, El Hijo, y el Espíritu Santo”. Yo protesté diciendo, “¿Qué? ¿Eso no tiene sentido, y cómo puede Dios ser un padre, un hijo, y un espíritu? Y entonces, ¿A quién le rezaba Jesús?”

Viendo mi incredulidad, me etiquetaron como un alma perdida y rezaron por mi salvación. No fue hasta mi tercer año en la secundaria que experimenté otro tipo de fe. Observe como uno de mis compañeros de clase salía todos los días del salón sin un permiso y le pregunté, “¿Por qué sales de clase todos los días al mismo horario y nunca pides permiso? Él dijo, “Yo soy musulmán y tengo que rezar a esa hora”. Yo le pregunté, “¿Tú eres musulmán? Pero tienes un apellido latino. ¿No eres puertorriqueño?” Me dijo, “Sí, pero me convertí al Islam.” Le pregunté, “¿En qué creen los musulmanes? Él me dio la mejor respuesta que había escuchado hasta entonces, “Creemos en Un Dios, lo adoramos a Él directamente, creemos en los ángeles, en las Escrituras originales, en los profetas, incluyendo a Jesús y Muhammad, el último profeta, y en el Día del Juicio”.

El próximo día me trajo un paquete con información sobre el Islam y un video sobre el salat (la oración). Con ganas de aprender, leí los libros, y no olvidare la reacción de mi papá cuando puse el video de salat y se escuchó el adhan (el llamado a la oración) por toda la casa. Él corrió a mi cuarto con la cara muy seria, me señalo con su dedo índice, y dijo en una voz severa, “¿Qué estás haciendo? Solo recuerda una cosa, ¡tú eres puertorriqueña y católica!” Se retiró del cuarto y yo seguí viendo. Después recuerdo haber sentido que por primera vez estaba de acuerdo con una religión. Era fácil, clara, e interesante.

Sin embargo, mi interés en el Islam no llegó a ningún lado hasta que comencé la universidad. Estaba rodeada de un grupo diverso de estudiantes. Cuando ocurrieron los atentados del 11/9, pasé por una etapa de Islamofobia, que irónicamente me llevo a tener un interés en conocer más sobre los estudiantes árabes. Durante ese tiempo conocí a una estudiante musulmana llamada Nada, y le comencé a hacer preguntas sobre el Islam. Hablábamos tanto que a veces llegábamos tarde a nuestras clases y nos hicimos buenas amigas.

Un día, después de notar mi deseo genuino por saber quién era Dios, me aconsejó con estas palabras: “Si eres sincera, y solo Dios sabe lo que está en tu corazón, realmente crees que Él te desilusionará si tú le pides que te guie? Pregúntale. Antes de dormir, pídele directamente a Él, háblale como si Él te ve pero tú no lo puedes ver, se sincera y pídele una señal. La señal puede ser en forma de un sueño o puede ser en la vida real, pero la reconocerás cuando la veas”.

Me fui a mi casa pensando en mi súplica. Antes de dormir, me arrodille y con el corazón abierto, llame a Dios diciendo, “Dios, Jesús, Jehovah, Alá, Buda, quien sea que Eres, por favor óyeme y responde a mi suplica. Por favor perdona mis pecados, perdóname por no adorarte porque no he sabido cómo hacerlo. Necesito saber la verdad, y estoy tan confundida. Todos dicen saber la verdad pero yo me siento perdida. Por favor Dios, enséñame quién Eres. Solo Tú sabes lo que necesito, por favor enséñame una señal que no pueda ignorar”.

Yo suelo soñar todas las noches, pero el próximo día me desperté con la mente en blanco, y un poco decepcionada porque no había visto la señal que esperaba. Me prepare para mis clases y mientras iba a la escuela, mire hacia el cielo y vi algo increíble. En las nubes podía leer el nombre A-l-á; era tan perfecto que no lo podía ignorar. Cada letra estaba moldeada sin error en una formación de nubes donde mis ojos reposaban, desconcertados. Me quede parada congelada mirando hasta que lentamente se desvaneció. De repente me invadió un sentido inquebrantable de miedo porque aunque estaba pidiendo una clara señal, temía las consecuencias de aceptar a Alá como mi Señor.

Tenía miedo de decirle a alguien, pensando que no me creerían, o que pensaran que estaba loca o usando drogas. Me di cuenta de todos los cambios que tendría que hacer como musulmana y no estaba segura si podría con el compromiso. También estaba preocupada por lo que diría mi familia y mis amigos, pero al final nada de esto me detuvo. Cuando me encontré con Nada otra vez, le dije sobre lo que vi y sentí. Ella me preguntó si quería aceptar el Islam, pero le dije que aún no estaba lista. Estaba segura de Quién era mi Creador, pero quería saber más sobre el Islam. Fue cuando ofreció llevarme a la librería en la mezquita.

El Centro Islámico del Condado de Passaic (ICPC) en Paterson, NJ, fue la primera mezquita que visite. Ahí en la librería recibí literatura gratis sobre el monoteísmo, los principios básicos del Islam, la ablución, y la oración. Aún después de haber recibido una indicación de Alá, parte de mí quería buscar algo en el Islam de lo que no estaba de acuerdo. Entonces preguntaba sobre cada tema que encontraba; haciendo esto por varios meses hasta que todos mis conceptos erróneos se aclararon y tenía un buen entendimiento del Islam. Por primera vez en mi vida, encontré un sistema de creencias con respuestas para cada aspecto de mi vida. Finalmente, declare mi Shahada (testimonio de fe) con el Imam Qatanani en ICPC.

He sido musulmana ya por casi 13 años, y puedo decir que soy verdaderamente feliz. El Islam ha llenado un vacío y me ha dado respuestas claras. Mi deseo más grande ahora es aprender a leer el Corán en árabe, insha’Alá (Si Alá lo permite).

 

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